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La ivermectina es un fármaco antiparasitario sintetizado en 1975, y que mereció para su descubridor, William Campbell, el premio Nobel de Medicina en el año 2015. Se trata de un derivado del compuesto natural avermectina, producido por el Streptomyces avermitilis; otras moléculas de este grupo son la doramectina, nemadectina, selamicina, milbemicina y eprinomicina.

La ivermectina provoca la parálisis de la musculatura de helmintos (principalmente nematodos) o artrópodos (ácaros, piojos y garrapatas), del que deriva su indicación médica; en concreto actúa a nivel de los canales de cloro de células musculares y nerviosas de invertebrados. La escasa afinidad de las avermectinas por proteínas de mamíferos da cuenta de su excelente perfil de toxicidad en humanos. El uso clínico de la ivermectina comenzó en 1981.

Desde el año 1987, con el apoyo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la ivermectina se utiliza como tratamiento masivo de la oncocercosis. Esta enfermedad es particularmente prevalente en muchos países del África tropical; se manifiesta como nódulos subcutáneos, por enquistamiento de la filaria adulta, y afectación ocular que evoluciona a ceguera, por acción de las microfilarias. La ivermectina también está indicada en el tratamiento de las filariasis linfáticas. Se estima que hasta 2014 se han administrado sólo en África más de 1.000 millones de dosis de ivermectina para tratamiento de las filariasis.

La infección por Strongyloides stercoralis llega a alcanzar cifras de prevalencia de hasta el 70% en muchos países tropicales de los tres continentes ecuatoriales. Aunque se trata de una enfermedad en general poco sintomática, se relaciona con graves complicaciones en aquellos infectados que reciben terapia inmunosupresora. La ivermectina también es tratamiento de primera línea para la strongyloidiasis y la gnathostomiasis.

En los últimos años se ha ido acumulando experiencia sobre la eficacia de la ivermectina frente a otros nematodos, como Ascaris lumbricoides, Trichuris trichura, Enterobius vermicularis y los Ancylostoma sp responsables de la larva migratoria cutánea.

La dosificación de la ivermectina es similar para el tratamiento de todas las infecciones por nematodos. Habitualmente se administran dos dosis orales de 200 µg por kilogramo de peso; la absorción de ivermectina se incrementa si se toma en ayunas. El intervalo entre dosis debe ser de entre 1 y 15 días. En el caso de Strongyloides es aconsejable retrasar la segunda toma al menos 10-15 días.


La ivermectina oral es generalmente bien tolerada, aunque algunos pacientes refieren molestias gastrointestinales. En el caso de infecciones subcutáneas (p.e. strongyloidiasis, filariasis o gnatostomiasis) la muerte de las larvas por acción de la ivermectina puede provocar reacciones de tipo alérgico. La infección por Loa-Loa se considera en general contraindicación para el tratamiento con ivermectina; en pacientes con alta carga de microfilarias en sangre el riesgo de reacción sistémica grave, incluso mortal, es elevado.

Desde hace unos años existe una formulación en crema de ivermectina al 0´5%, indicada para el tratamiento de la escabiosis (sarna) o de la pediculosis (infestación por piojos). La escabiosis grave también puede requerir tratamiento con ivermectina oral.

Otra posible indicación antiparasitaria de ivermectina es la trichinosis, según se ha podido demostrar en modelos de ratón. La acción insecticida del fármaco puede ser útil para el control vectorial de la tripanosomiasis africana (enfermedad del sueño, trasmitida por mosca) y americana (enfermedad de Chagas, trasmitida por chinche), la malaria (trasmitida por mosquito) y la leishmaniasis (trasmitida por mosca). Hay evidencias sobre que ivermectina puede tener efecto inhibitorio contra el VIH y la familia de los flavivirus (virus de la fiebre amarilla, dengue y encefalitis japonesa). También se ha demostrado actividad contra Chlamydia trachomatis y Mycobacterium tuberculosis.

La familia de las avermectinas, de la que la ivermectina es actualmente su principal representante, demuestra que es posible encontrar dianas terapéuticas comunes a un buen número de parásitos o sus vectores. Disponer de fármacos con tan amplio espectro terapéutico como la ivermectina facilita enormemente el tratamiento de enfermedades parasitarias, que en muchas ocasiones coexisten y resultan de difícil diagnóstico en los países de alta endemia.





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