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Malaria y Arte

La malaria viene acompañando a la humanidad desde hace más de 50.000 años. A lo largo de la historia han sido muchos los personajes históricos que han padecido o incluso muerto a causa de esta enfermedad. Lord Byron, Alejandro Magno, San Agustín, Genghis Khan, Vespasiano, Dante, Cristóbal Colon, Vasco de Gama, George Washington...




   Un indio enfermo descubre la quinina

El origen de la quinina es tan nebuloso que es difícil separar la leyenda de la realidad. Según una historia ampliamente aceptada en Europa, la esposa del virrey de Perú, conocida como la condesa de Chinchón, fue curada de malaria tomando un extracto de la corteza de un árbol peruano; quedó tan impresionada por su curación que se trajo algunas de estas cortezas a España en 1638 y así introdujo el uso de la quinina en Europa.

En base a este relato el botánico sueco Linneo, en 1742, dio el nombre de "Cinchona" al género de los árboles de los que se obtenía la corteza medicinal. Sin embargo, hubo dos errores en esta denominación. Primero, aunque Linneo intentó honrar a la condesa de Chinchón por el nombre, él lo equivocó omitiendo la primera h. Segundo, la condesa realmente nunca tuvo malaria y no trajo la conteza de cinchona a España, sino que murió en Cartagena, Colombia, en su camino de regreso a España.

El primer registro firme del uso de quinina para curar la malaria es el de los misioneros jesuitas en Lima sobre el 1630; de aquí que se le diese el nombre de "corteza jesuítica" a la corteza medicinal, unos cien años antes de Linneo. Probablemente nunca se pueda saber con seguridad si los jesuitas aprendieron de los indios las propiedades antimaláricas de esta corteza. No obstante, una vieja leyenda sostiene un relato plausible del descubrimiento accidental de las propiedades curativas del árbol cinchona.

La leyenda tiene que ver con un indio que, abrasado por la fiebre, se perdió en una espesa jungla de los Andes. Diversas especies de árbol cinchona (llamado por los indios quina-quina) crecen al amparo de las laderas húmedas de las montañas de los Andes, desde Colombia a Bolivia, a altitudes superiores a los 1500 metros. Mientras él tropezaba a través de los árboles, encontró una charca de agua y se lanzó al suelo de la orilla para beber agua fresca. El amargo sabor le dijo que estaba intoxicado con la corteza de los árboles de quina-quina vecinos, los cuales creía venenosos. Prefiriendo el alivio momentáneo de la fiebre y de la sed abrasadoras, a las posibles consecuencias mortales, bebió intensamente.

Para su sorpresa no murió; de hecho, su fiebre remitió y fue capaz de encontrar el camino de vuelta a su poblado con una renovada energía. Contó la historia de su curación milagrosa a sus parientes y amigos y, después de aquel incidente, ellos usaron extractos de la corteza de quina-quina para curar la temida fiebre. Esta era causada por la malaria y la sustancia química contenida era la quinina. La noticia de este descubrimiento se difundió por la población nativa y pudo haber llegado a misioneros jesuitas a comienzos del siglo diecisiete. Esta leyenda, de ser cierta, confirma que incluso en las sociedades primitivas la "sagacidad" permite razonar a partir de un accidente para producir un descubrimiento de repercusión a escala mundial.

Aunque la autenticidad de esta leyenda particular no puede verificarse, cosas así han ocurrido a menudo. En ocasiones el resultado fue fortuito, como en este caso, pero frecuentemente el resultado fue la muerte o la difamación de la persona que encontró una poderosa sustancia natural por primera vez.

Extraído del libro "Serendipia. Descubrimientos accidentales de en la ciencia" de Royston M.Roberts. Alianza Editorial.




   La huída de los campesinos romanos de las zonas palúdicas, de Ernest Hébert (1817-1908) Musée Condé de Chantilly.

El francés Ernest Hébert estuvo trabajando muchos años en Roma donde, entre otras cosas, pintó la huída de los campesinos romanos de las zonas palúdicas.

Este cuadro fue muy discutido, y lógró también gran popularidad como litografía en color.




   Alberto Durero (Bremen, Salón de Arte)

Alberto Durero contrajo el paludismo durante un viaje de estudios por los países bajos hacia 1520.

Dibujó un autorretrato para su médico a fin de facilitarle el diagnóstico. Con el dedo señala la región del bazo y escribe las siguientes palabras: " Ahí donde está la mancha amarilla, señalada con el dedo, ahí me duele"




   Lazareto para el paludismo en el Tor, en la costa árabe hacia 1884.

Se trata de una ilustración de una revista de la época (Berlín, Archivo de Arte e Historia)

Cabe observar que se usaban moquiteras para protegerse de la picadura del Anopheles hembra.





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