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Pintura e infección

Retablo de la vida de San Francisco

Anónimo

Por el Dr. Alberto Ortiz

El arte de la Edad Media fue esencialmente religioso consecuencia de la espiritualidad y emotividad con la que era concebida la vida por el hombre en aquel momento. El resultado fue la construcción de innumerables edificios religiosos y la decoración de sus paredes con escenas del nuevo testamento y la vida de los santos, cuyo ejemplo de devoción tuvo una acción ejemplarizante en el culto de los fieles.

Este aspecto cobrará una especial importancia a partir del siglo XI, como consecuencia de las sucesivas reformas que se produjeron en el monacato medieval, orientadas a la búsqueda de un sentimiento cristiano mucho más centrado en la caridad. De este modo, a la reforma de la primitiva regla benedictina impulsada por los monjes de Cluny, le siguió la realizada por San Bernardo de Claraval, que abogaba por el regreso a una mayor austeridad y a la existencia del ideal de pobreza predicado por Jesucristo en los Evangelios. En este contexto, surgieron las órdenes mendicantes como la de los predicadores, fundada por Santo Domingo de Guzmán, que se centró principalmente en la divulgación de la palabra, y la orden franciscana, fundada por Francisco de Asís, que se caracterizó por una labor de ayuda a los más pobres y necesitados, razón por la que su creador fue tan popular entre sus coetáneos y su vida fue tomada como un modelo de virtud a imitar, quedando patente en innumerables representaciones pictóricas.

Ya desde joven, San Francisco de Asís mostró una especial inclinación por los más desvalidos y desfavorecidos de la sociedad del momento. Aunque perteneciente a una familia acomodada, su precoz vocación le estimuló a abandonar todas sus pertenencias y comodidades, practicar una rigurosa pobreza, y a lanzarse a una vida errante, predicando la palabra de Dios entre sus semejantes. A lo largo de su vida se le reconocen numerosos prodigios e innumerables actos caritativos, entre los que destaca su predisposición a cuidar enfermos, especialmente infectados de lepra. Esta especial inclinación que sentía por los leprosos se puede comprobar en una de las escenas que circundan una tabla pintada en el siglo XII, cuyo centro está ocupado por un retrato de san Francisco de Asís en pie (figura 1). En la imagen, san Francisco asiste a estos enfermos que muestran en la piel las típicas lesiones y deformaciones de la enfermedad, como las alteraciones cutáneas que se traducen en unas enormes lesiones pigmentadas, distribuidas por todo el cuerpo y cuya morfología coincide con máculas, ulceraciones y nódulos, producto de la afectación de Mycobacterium leprae a nivel de la piel.

Pintor: Anónimo.
Siglo XIII. Escuela Italiana.

Título: “ Retablo de la vida de San Francisco”. Iglesia de Santa Croce, Capilla Bardi, Florencia.

Características: Témpera sobre lienzo.



San Francisco aparece en la composición por duplicado. En la parte de la izquierda, da consuelo a un leproso que sostiene en su regazo, mientras que en la derecha, lava los pies a otro de ellos. Esta imagen es muy ilustrativa de la forma de proceder de la orden, ya que es una clara referencia a la humildad que mostró Jesús con sus discípulos, cuando les lavó los pies antes de celebrar la cena Pascual (Jn 13, 4-5). El principal cometido de esta escena radica en ensalzar el comportamiento de entrega y caridad, sólo atribuido a los santos de virtudes ejemplares.

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