Fundación Io

Pintura e infección

La convalecencia de mi hija
(María en el Pardo)

de Joaquín Sorolla y Bastida .

Por el Dr. Alberto Ortiz

Este retrato pertenece a un conjunto de cuadros que Sorolla pintó sobre su hija cuando ésta permanecía convaleciente de una tuberculosis en la finca de la Angorilla, situada en el monte del Pardo, durante el invierno de 1907. En los anteriores, el deterioro de la salud de la enferma era mucho más patente. Sin embargo, en esta ocasión en la retratada se atisba un cierto optimismo sobre la evolución del proceso infeccioso. Este halo de esperanza se ve reflejado principalmente en una mirada mucho más serena y confiada que la que la retratada presentaba algún tiempo atrás.

 La convalecencia de mi hija (María en el Pardo) Pintor: Joaquín Sorolla y Bastida. 1863-1923. Escuela española.
Título: “La convalecencia de mi hija (María en el Pardo)”. 1907. Colección particular.
Dimensiones: 74 X 115 cm. Óleo sobre lienzo.

Al igual que en los otros retratos, María se nos presenta recostada sobre varias almohadas, y fuertemente protegida por un abrigo negro, un cuello de piel y tocada por una gorra. Sobre ella, además, se extiende una manta que le cubre las piernas y parte del tronco, sólo sobresaliendo por encima los brazos y las manos en las cuáles tiene cogida una naranja. En un segundo plano se encuentra la vegetación de la dehesa y al fondo la sierra de Guadarrama, con sus cumbres cubiertas de una línea de nieve, solamente interrumpida por uno de los picos amarillos del quitasol que proporcionaba la sombra a la retratada.




A pesar del estado de debilidad y caquexia de la paciente, síntomas característicos de la tuberculosis, el tratamiento recomendado parece surtir efecto. El reposo, el aire puro, los baños de sol y la correcta alimentación producían un efecto beneficioso en los tuberculosos, debido a que mejoraban las defensas naturales del organismo, gracias a lo cual lograban la curación.

Este tipo de terapia era la única con ciertas posibilidades de éxito en aquel momento y a ella es referida en la literatura de finales del siglo XIX y principios del XX por diversos autores. Una de las obras cumbres de la literatura, “La montaña mágica” de Thomas Mann, nos narra con precisión como eran los sanatorios en donde se recluía a estos enfermos. Ubicados en las zonas montañosas, aprovechaban la bondad del clima de altura para conseguir el efecto terapéutico deseado. Otro escritor, como Dostoievski, en su novela “Los hermanos Karamazov”, inserta una reseña sobre este tipo de terapias en lugares de clima templado. Aquí en España, sería Pío Baroja el que detallaría con más precisión como era la recuperación de estos pacientes; para ello, tomó como ejemplo su propia experiencia personal, ya que un hermano suyo murió de tuberculosis, describiendo todas las circunstancias de la enfermedad en su novela “El árbol de la ciencia”.

Suscríbase al Newsletter

Introduzca su email para recibir nuestro boletín y mantenerse informado de próximos eventos y actividades.


Polí­tica de privacidad